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Joe Biden: La degradación de la política

porConfidencial de México

Feb 8, 2023
Joe Biden: La degradación de la política

En el discurso sobre el Estado de la Nación, presentado en el Capitolio por el presidente Joe Biden este martes, se puso de manifiesto, quizás como nunca antes, el radicalismo partidista que comienza a bordear la histeria en las sociedades políticas de hoy. Un síntoma que ilustra la preocupante degradación que vive la política en el mundo. Es cierto que, ahora y siempre, en todos los parlamentos una parte de la sala suele aplaudir con entusiasmo, mientras que la otra muestra su fastidio, fruto de la militancia partidista. Los Estados Unidos, como México, no son la excepción. Pero las imágenes de la sesión de este martes fueron patéticas. Los republicanos nunca aplaudieron al presidente Biden, ni siquiera ante declaraciones de Estado o de interés bipartidista (sólo la mención de víctimas y héroes de la violencia, que estaban presentes, les arrancó algún aplauso).

Parece una cosa menor, pero lo que revela es muy significativo: para los republicanos, Biden es ante todo un líder demócrata, un rival y, en segundo lugar, el presidente de Estados Unidos. Una ruptura con los criterios del pasado, cuando se entendía que había momentos en que el presidente, independientemente del partido al que perteneciera, era el jefe de Gobierno en funciones y era tratado como tal. Ya no.

Esto es un reflejo, insisto, de algo más serio. Desde la primera campaña de Donald Trump quedó claro que el atajo más corto para conseguir votos no era la construcción de propuestas para mejorar el país, sino la degradación del adversario, la inflamación de miedos y resentimientos en el votante. Era mucho más fácil enturbiar al rival en la contienda que construir argumentos sólidos sobre los problemas de la comunidad. La satanización del rival hasta la abyección lleva a los votantes a suponer que el personaje denostado es tan perverso o incapaz que su triunfo sólo puede ser fruto de un fraude. Y en todo caso, se supone que, haya sucedido legal o ilegalmente, es un imperativo moral impedirle gobernar.

Lo ocurrido en Brasilia, calco de lo ocurrido casi dos años antes en Washington, cuando ciudadanos enojados intentaron impedir que el presidente electo subiera al poder, es producto de este fenómeno. Una cosa es entender que ganó un candidato con ideas e intenciones con las que no estás de acuerdo; otra muy distinta suponer que el personaje es tan despreciable que es un deber patriótico impedirle que ejerza el poder.

La guerra sucia en las campañas electorales siempre ha existido, por supuesto. Pero era una especie de subtexto, debajo del debate político y la confrontación de programas y agendas. La novedad es que esta batalla antes clandestina se ha acabado convirtiendo en el partido dominante. La competencia electoral es cada vez menos un despliegue de distintas alternativas para el mercado político o el proyecto de nación y cada vez más una batalla de enturbiamiento de estrategias entre los cuartos de guerra de los contendientes. Un escándalo, convenientemente manejado en redes y medios, puede ser más que suficiente para revertir una tendencia en las intenciones de voto. Un resentimiento o prejuicio “bien” trabajado ahorra millones en publicidad o esfuerzos para construir proyectos viables. Vincular los miedos del votante a un rasgo del rival produce milagros: “inundará el país de inmigrantes”, “subirá los impuestos y expropiará las empresas” o, por el contrario, “suprimirá los sindicatos”, “rebajará los salarios”. “. Ni hablar de rasgos estrictamente personales redefinidos, si cabe, en términos abominables.

Las redes sociales, a pesar de sus múltiples virtudes en otros aspectos, han sido el caldo de cultivo perfecto para esta forma de conversación pública sobre política. La viralidad obtenida por los mensajes negativos, el éxito de la burla, el anonimato en la acusación, la pseudoinformación o la información de entretenimiento, la posibilidad de generar bots y utilizar personas influyentes para impulsar estos mensajes, están transformando los procesos electorales para peor. En teoría, el buen funcionamiento de la democracia requiere que los ciudadanos estén en condiciones de conocer las opciones que se disputan el poder, para elegir un candidato de acuerdo con sus intereses y convicciones. el abuso de marketing y el poder del dinero que experimentamos ya había comprometido esa posibilidad. Pero lo que estamos viendo ahora es una nueva caída que termina comprometiendo el significado mismo de una elección. La degradación de la política que, por cierto, por sí sola, nunca fue precisamente honorable.

Y, de paso, he tomado este hilo conductor para construir una historia que revela los entresijos de una sala de guerra en tiempos electorales. El dilema de Penélope, es un thriller político que sigue el caso de una mujer que sin darse cuenta se entera de un plan secreto y nefasto para ganar las elecciones presidenciales. Penelope se encuentra en el dilema de salvar su vida y mantenerse al margen o hacer algo para mostrar la tragedia en curso. Un pretexto que me ha servido para poner en marcha las ideas antes descritas. Estos días vengo presentando esta, que es mi quinta novela.

Nota: Un comentario respecto a las notas publicadas tras el juicio contra Genaro García Luna, según las cuales un supuesto anuncio del Gobierno de Chihuahua contratado en el diario el universal habría sido financiada por el narcotraficante para procurar una cobertura favorable al entonces Secretario de Seguridad. Más allá de los detalles que ya ha hecho este periódico, comparto lo siguiente: desde septiembre de 2008 hasta octubre de 2010 estuve a cargo del Consejo Editorial de el universal, durante dos de los seis años del sexenio de Felipe Calderón; es decir, parte del período a que se refiere el criminal que hace la acusación. Con el equipo que me acompañó, ejercimos una línea independiente y crítica con la administración pública, como puede comprobar cualquiera que se tome la molestia de consultar los expedientes correspondientes. No conozco personalmente a los ex gobernadores Rubén o Humberto Moreira o Genaro García Luna, personajes cuya actuación he cuestionado reiteradamente en mis columnas y cuyos excesos y errores fueron recogidos ocasionalmente en notas y reportajes en el propio periódico. Durante el período en el que fui director, nunca recibí ninguna observación de la empresa o de su propietario sobre la cobertura de la Secretaría de Seguridad Pública, ni tampoco de la administración de Calderón.

@jorgezepedap

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